Yoga, un cambio de perspectiva

 

El Yoga es una práctica, que consiste en recordar quién somos y en dejar de identificarnos con lo que no somos.

¿Qué es lo que no somos? Nos somos nuestras percepciones sensoriales. No somos nuestros sentimientos. No somos nuestros pensamientos. Entonces, ¿qué queda? Lo que estuvo cuando éramos muy pequeños, y nuestra mente y nuestro cuerpo eran totalmente diferentes. Lo que está ahora, mientras leemos este texto. Lo que estará dentro de veinte años, cuando nuestro cuerpo y nuestra mente hayan cambiado drásticamente. ¿Qué es eso que permanece?

Los yoguis lo han llamado de diferentes formas. El Siddha (maestro realizado) Patanjali lo denomina “el Vidente” en su obra clásica los Yoga Sutras. Otros lo llaman el testigo, o el Observador Incondicional. Es la parte de nosotros que es eterna e indestructible, que siempre está ahí y estará ahí, observando nuestra experiencia en este mundo. Otros lo han llamado Existencia-Consciencia-Gozo, Sat-Chit-Ananda en sánscrito.

Toda la experiencia es transitoria, esto lo podemos corroborar por nuestra propia experiencia. No hay nada de lo que nos rodea que vaya a ser eterno. Algunos yoguis meditaban en lo crematorios para advertir la impermanencia de la vida. No hace falta que lleguemos a ese extremo; con un poco de discernimiento por nuestra parte podemos darnos cuenta de ella. Sin embargo, quizá nunca nos hemos parado a pensar que haya algo eterno en nosotros. Imaginemos que vamos al cine; sobre la pantalla se proyectan dramas, comedias, enredos… pero todo ello tiene su origen en la luz del proyector del cine. Si nos diésemos la vuelta desde nuestra butaca veríamos la luz pura del proyector, que lanza las diferentes imágenes. Las películas han cambiado, pero todas están sostenidas por la luz. La luz es lo único eterno y permanente en ellas.

De forma similar, todas nuestras experiencias existen porque hay una consciencia que las experimenta. Nosotros, según el Yoga, somos esa consciencia. La consciencia, como la luz, ilumina todas las cosas. Pero raramente advertimos esa luz que nos permite ver los objetos, a pesar de que sin ella no sería eso posible.

Los Siddhas afirman que esta consciencia es indestructible, es nuestro ser. Y esta consciencia es Gozo en sí misma. El gozo es una alegría incondicional, que surge dentro de nosotros sin necesidad de una excusa externa. Todos hemos experimentado el gozo alguna vez, especialmente de niños. Y todas las noches lo volvemos a experimentar, en el sueño profundo, cuando desconectamos la mente, la emoción y el cuerpo y durante unos breves minutos volvemos a la fuente de nuestro Ser, para renovarnos y volver luego a la consciencia física.

Prácticas yóguicas

La paradoja de la existencia humana es que nosotros mismos somos la felicidad que estamos buscando. Pero esta esencia gozosa que somos está envuelta en diferentes cuerpos: cuerpo mental, cuerpo emocional, cuerpo físico… Y la experiencia de estos cuerpos es siempre dual: placer y dolor, preocupación y paz, frío y calor. Nuestros juego aquí, como seres humanos, es crecer a través de esta dualidad, quizá siguiendo la maldición bíblica de “ganarnos el pan (la sabiduría) con el sudor de la frente”, por haber comido de la fruta del árbol del bien y del mal (la dualidad).

En vez de eso, el alimento original de Adán y Eva era comer del árbol de la vida. Ese árbol es nuestro Ser, incondicionalmente gozoso.

Existen muchos tipos de Yoga diferentes, con muchas técnicas diferentes: posturas, respiraciones, meditaciones, etc…. Toda esta variedad apunta a un mismo objetivo: encontrar la felicidad, reencontrar nuestro propio Ser, en medio de todas estas diferentes experiencias de percepciones, sentimientos y pensamientos. Cada camino y linaje de Yoga enfatiza un acceso diferente hacia esa misma y única realidad, respondiendo a la gran variedad de personas y de temperamentos que existe. Los Siddhas siempre reconocieron el principio de “unidad en la diversidad”, reconociendo que esta diversidad de acercamientos al Ser es enriquecedora y deseable. Un principio básico que, según parece, las grandes religiones todavía no acaban de entender.

La buena noticia es que podemos disfrutar de la película e incluso intervenir de forma principal en ella, pero no tenemos por qué confundirnos con ella. Practicar Yoga no es convertirse en una ostra, aislado de todo, o no debería serlo. Antes al contrario, con el Yoga uno expande su propia consciencia, hasta rebasar incluso el limitado ámbito del “individuo”, y empieza a comprender que su Ser real no excluye, sino abarca a todos los seres. Entonces la ética y el amor cobran otro sentido, cuando uno comprende por su experiencia que lo que hace a otros, bueno o malo, se lo hace a sí mismo. De modo que el Yoga es una respuesta al dilema de la búsqueda personal de la felicidad, y ofrece una vía para mejorar la dimensión social del ser humano. Una respuesta que empieza desde uno mismo y se proyecta hacia fuera, a diferencia de los diferentes sistemas ideológicos que han intentado imponer una solución desde fuera hacia adentro, y hasta ahora han fracasado en ofrecer la felicidad. Quizá sea ahora el momento de probar otro enfoque.


Nityananda